Hace tiempo
escuchaba una pequeña historia, que en el momento me pareció curiosa e incluso
divertida. Trataba de un rico turista que llegaba a un pueblo, y se dirigía al
hotel del mismo. En él, le pedía al recepcionista las llaves de sus habitaciones
a cambio de un billete de cien euros, pidiendo revisar las habitaciones
personalmente a fin de escoger la que más le gustase. Ni corto ni perezoso, el
recepcionista le dio las llaves de buena gana, y poco tardó en abandonar su
puesto, una vez el turista se hubo marchado. Fue a pagar los solomillos que,
fiados, se llevó la semana anterior. El carnicero se apresuró en coger el coche
y marchar hacia la granja de las afueras del pueblo, para pagar el dinero de
las piezas de cerdo que compró con anterioridad. El granjero pudo así entonces
pagar sus deudas con el bar, para que el camarero pudiese pagar los cien euros
de una habitación de hotel que había alquilado para sus padres, que vinieron de
visita.
Cuando el camarero se marcha,
el turista decide que ninguna de las habitaciones es de su gusto, coge los cien
euros del recepcionista y se marcha.
Nadie ha ganado nada. Nadie ha
perdido nada. Y sin embargo, todos han saldado sus deudas.
España está a un paso de ser
intervenida por la Unión Europea, por sus deudas. Esto significaría muy
posiblemente que el Gobierno perdería parte de su autonomía, y que para lograr
la consecución de los objetivos económicos marcados por la Comisión encargada
de llevar el caso, tendríamos que apretarnos el cinturón. Un cinturón que
empieza a quedarse sin agujeros, ya que gracias a los bancos empezábamos a
gozar de una cintura de avispa digna de una modelo famélica.
Y es que, podemos decir que hay
dos formas de atajar esta crisis que tanto nos quita el sueño. Por una parte
tenemos el modelo más conservador, que aboga por una solución casi espontánea.
El sistema ha de "reabsorber" el mal que ha creado, ya que las crisis
forman parte del Capitalismo. Algo que resulta lógico, de no ser porque el
sistema capitalista se basa en el consumo, algo que resulta bastante difícil
cuando no tienes dinero para consumir (¡Ay, los bancos y su manía por tomar
prestado por más tiempo del debido!).
La otra solución es más
progresista. Es una solución que ya algunos empiezan a vislumbrar (Finlandia
la tiene como una vieja conocida, y Reino Unido está empezando. Qué decir
de EEUU, donde es el pan nuestro de cada día y uno de los motores fundamentales
del país...): la inversión en educación, en ciencia y en definitiva en el
progreso. Y por supuesto, aprender de los errores para que no vuelvan a
repetirse.
Y digo aprender de los errores,
porque España es (o era, hasta hace semanas) un país solvente, pese a tener una
deuda y una prima de riesgo bastante más altas de lo que resultaría
recomendable. Pero la triste gestión que ha llevado el Gobierno de Rajoy sobre
el indigesto caso de Bankia nos ha arrastrado a la ruina.
Vuelvo a recaer en la idea que
trato de transmitir en todos (o casi todos) los artículos de este blog. Nos
están quitando todo cuánto teníamos, todo lo que nos ha costado años conseguir.
Y lo peor no es eso, sino que no nos estamos quejando. A González le costó la
Huelga General más grande de la historia de España el no invertir en sociedad e
incrementar el nivel de vida (como correspondía a un Estado emergente como era
el nuestro, llegando a equipararnos en poco tiempo a muchos otros países de
Europa). ¿Dónde está ese valor y esa fuerza de nuestros abuelos? Ellos tenían
menos que nosotros. Es cierto que tenemos responsabilidades, y miedo; muchísimo
miedo. Ellos también lo tenían, pero desde luego no era nada comparado al miedo
de vivir siempre con la cabeza agachada y no mejorar nunca. ¿No vas a la huelga
por miedo a perder tu trabajo? Pues buena suerte conservándolo de todas
maneras... Si es que lo que te va a quedar va a poder seguir llamándose
trabajo.
Por último, voy a dedicar unas
palabras a aquellos cenizos, incapaces de ver más allá de la decadencia que
azota Occidente, nihilistas por naturaleza y amantes de esa agridulce
autocompasión del "son todos iguales y no hay nada que hacer, votes lo que
votes vas a tener al mismo perro con distinto collar". Es cierto que el
juego de poder político en España y Europa (o, por qué no, del mundo) es una
vil calumnia y un chiste fácil y de pésimo gusto. No nos vamos a asustar por
ver que el poder lo ejerce el poderoso caballero, el señor Don Dinero.
Pero ¿sabéis? El sistema no es nada. ¿Un libro? ¿Un documento PDF alojado en
los servidores del Gobierno? Sí, tenemos nuestras leyes, a las que nos
agarramos como un clavo ardiendo cuando no sabemos cómo funciona algo. Pero,
¿qué son las leyes? Absolutamente nada. Son un acuerdo al que se llega para
"vivir mejor". Bueno, pues no sé si ustedes, pero yo no estoy
viviendo mejor que hace cinco años, por ejemplo. ¿Por qué mantener entonces un
sistema tan absurdamente ineficaz? Pueden tratar de justificarlo con mil
excusas; desde que es la opción menos mala hasta que se nos impone "desde
arriba". Nosotros somos quienes tenemos que desarrollarlo. Nosotros hemos
colocado a "los de arriba" allá donde están, y no tenemos que tener
miedo a quitarlos.
Ahora es cuando se me puede
confundir fácilmente con un anarquista. Bien. No voy a decir que no me agraden
los ideales anarquistas (¿a quién no?), pero soy eminentemente realista en ese
aspecto. El ser humano necesita unas leyes, unas directrices que seguir, para
que su mundo funcione (he aquí el talón de Aquiles de nuestro Homo
occidentalis). Pero unas leyes que, valga la redundancia, funcionen. Porque
estas que tenemos ahora, desde luego, no lo hacen.
Y ojalá funcionasen, al menos. En este Estado de Pseudoestar, porque ni siquiera podemos asegurar que estemos en este Estado, formando parte de él, las leyes que se te aplican son inversamente proporcionales a la cantidad de dinero de tu cuenta corriente (en Suiza, por supuesto), o a los chanchullos de los que puedas tirar para sacarle los colores al ministro de turno. Es el tiempo que nos ha tocado vivir, y sí que podemos hacer algo al respecto. Pero estas palabras se las lleva el viento, y lo que cambia países son los actos.
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