sábado, 9 de junio de 2012

Intervén como puedas


               Hace tiempo escuchaba una pequeña historia, que en el momento me pareció curiosa e incluso divertida. Trataba de un rico turista que llegaba a un pueblo, y se dirigía al hotel del mismo. En él, le pedía al recepcionista las llaves de sus habitaciones a cambio de un billete de cien euros, pidiendo revisar las habitaciones personalmente a fin de escoger la que más le gustase. Ni corto ni perezoso, el recepcionista le dio las llaves de buena gana, y poco tardó en abandonar su puesto, una vez el turista se hubo marchado. Fue a pagar los solomillos que, fiados, se llevó la semana anterior. El carnicero se apresuró en coger el coche y marchar hacia la granja de las afueras del pueblo, para pagar el dinero de las piezas de cerdo que compró con anterioridad. El granjero pudo así entonces pagar sus deudas con el bar, para que el camarero pudiese pagar los cien euros de una habitación de hotel que había alquilado para sus padres, que vinieron de visita.
               Cuando el camarero se marcha, el turista decide que ninguna de las habitaciones es de su gusto, coge los cien euros del recepcionista y se marcha.
               Nadie ha ganado nada. Nadie ha perdido nada. Y sin embargo, todos han saldado sus deudas.
               España está a un paso de ser intervenida por la Unión Europea, por sus deudas. Esto significaría muy posiblemente que el Gobierno perdería parte de su autonomía, y que para lograr la consecución de los objetivos económicos marcados por la Comisión encargada de llevar el caso, tendríamos que apretarnos el cinturón. Un cinturón que empieza a quedarse sin agujeros, ya que gracias a los bancos empezábamos a gozar de una cintura de avispa digna de una modelo famélica. 
               Y es que, podemos decir que hay dos formas de atajar esta crisis que tanto nos quita el sueño. Por una parte tenemos el modelo más conservador, que aboga por una solución casi espontánea. El sistema ha de "reabsorber" el mal que ha creado, ya que las crisis forman parte del Capitalismo. Algo que resulta lógico, de no ser porque el sistema capitalista se basa en el consumo, algo que resulta bastante difícil cuando no tienes dinero para consumir (¡Ay, los bancos y su manía por tomar prestado por más tiempo del debido!).
               La otra solución es más progresista. Es una solución que ya algunos empiezan a vislumbrar (Finlandia  la tiene como una vieja conocida, y Reino Unido está empezando. Qué decir de EEUU, donde es el pan nuestro de cada día y uno de los motores fundamentales del país...): la inversión en educación, en ciencia y en definitiva en el progreso. Y por supuesto, aprender de los errores para que no vuelvan a repetirse.
                Y digo aprender de los errores, porque España es (o era, hasta hace semanas) un país solvente, pese a tener una deuda y una prima de riesgo bastante más altas de lo que resultaría recomendable. Pero la triste gestión que ha llevado el Gobierno de Rajoy sobre el indigesto caso de Bankia nos ha arrastrado a la ruina.
               Vuelvo a recaer en la idea que trato de transmitir en todos (o casi todos) los artículos de este blog. Nos están quitando todo cuánto teníamos, todo lo que nos ha costado años conseguir. Y lo peor no es eso, sino que no nos estamos quejando. A González le costó la Huelga General más grande de la historia de España el no invertir en sociedad e incrementar el nivel de vida (como correspondía a un Estado emergente como era el nuestro, llegando a equipararnos en poco tiempo a muchos otros países de Europa). ¿Dónde está ese valor y esa fuerza de nuestros abuelos? Ellos tenían menos que nosotros. Es cierto que tenemos responsabilidades, y miedo; muchísimo miedo. Ellos también lo tenían, pero desde luego no era nada comparado al miedo de vivir siempre con la cabeza agachada y no mejorar nunca. ¿No vas a la huelga por miedo a perder tu trabajo? Pues buena suerte conservándolo de todas maneras... Si es que lo que te va a quedar va a poder seguir llamándose trabajo.
               Por último, voy a dedicar unas palabras a aquellos cenizos, incapaces de ver más allá de la decadencia que azota Occidente, nihilistas por naturaleza y amantes de esa agridulce autocompasión del "son todos iguales y no hay nada que hacer, votes lo que votes vas a tener al mismo perro con distinto collar". Es cierto que el juego de poder político en España y Europa (o, por qué no, del mundo) es una vil calumnia y un chiste fácil y de pésimo gusto. No nos vamos a asustar por ver que el poder lo ejerce el poderoso caballero, el señor Don Dinero. Pero ¿sabéis? El sistema no es nada. ¿Un libro? ¿Un documento PDF alojado en los servidores del Gobierno? Sí, tenemos nuestras leyes, a las que nos agarramos como un clavo ardiendo cuando no sabemos cómo funciona algo. Pero, ¿qué son las leyes? Absolutamente nada. Son un acuerdo al que se llega para "vivir mejor". Bueno, pues no sé si ustedes, pero yo no estoy viviendo mejor que hace cinco años, por ejemplo. ¿Por qué mantener entonces un sistema tan absurdamente ineficaz? Pueden tratar de justificarlo con mil excusas; desde que es la opción menos mala hasta que se nos impone "desde arriba". Nosotros somos quienes tenemos que desarrollarlo. Nosotros hemos colocado a "los de arriba" allá donde están, y no tenemos que tener miedo a quitarlos. 
               Ahora es cuando se me puede confundir fácilmente con un anarquista. Bien. No voy a decir que no me agraden los ideales anarquistas (¿a quién no?), pero soy eminentemente realista en ese aspecto. El ser humano necesita unas leyes, unas directrices que seguir, para que su mundo funcione (he aquí el talón de Aquiles de nuestro Homo occidentalis). Pero unas leyes que, valga la redundancia, funcionen. Porque estas que tenemos ahora, desde luego, no lo hacen. 
               Y ojalá funcionasen, al menos. En este Estado de Pseudoestar, porque ni siquiera podemos asegurar que estemos en este Estado, formando parte de él, las leyes que se te aplican son inversamente proporcionales a la cantidad de dinero de tu cuenta corriente (en Suiza, por supuesto), o a los chanchullos de los que puedas tirar para sacarle los colores al ministro de turno. Es el tiempo que nos ha tocado vivir, y sí que podemos hacer algo al respecto. Pero estas palabras se las lleva el viento, y lo que cambia países son los actos.

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